No importa, me dije, observando cómo se extinguían las palabras del título que Mireia no pudo descifrar desde el banco, ese título consumiéndose para siempre. El aire olía a literatura en llamas, a tinta eterna.
No importa. Escribiré otra para Mireia. Si he escrito una novela, podré escribir otras muchas.
Sonreí con abandono.
Nos abrazamos bajo el cielo y la noche.
En mis dedos comenzaba a despertar el sol.
FIN
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