Le expliqué por encima y entre balbuceos que eran unos gamberros, mientras me limpiaba la boca y los nudillos de sangre propia y ajena. Unos enemigos de la infancia que regresaban del ejército con un permiso. Me habían encontrado en su camino y eso era todo.
-No puedo dejarte solo –dijo ella–. Llevamos tres días sin vernos y ya te metes en líos.
-¿Tres días?
-Sí –respondió.
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