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Archivada en (Genera) por José Angel Barrueco el 18-04-2009
Me levanté igual que un dios, impelido por esas energías que acometieron por todos los poros de su cuerpo a mi abuelo cuando luchó contra Gigantón, diestro en el manejo del sable, del fusil, de los puños, de la maza y de lo que fuese. Mi abuelo pensó en mi abuela porque ella no le faltaba y le dio el brebaje necesario para el combate. Y no quería perderla.
Como perder las páginas de la novela alumbradas por las llamas podría significar que ella renunciase definitivamente a mí, o que jamás supiera cuánto la amaba, pensé en resolver el asunto a base de hostias, a la antigua usanza. No serviría de nada, pero no necesitaba ser visto en el suelo, medio en llamas y en lágrimas y con el rostro embadurnado de cenizas.

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