Ene
30
Archivada en (Genera) por José Angel Barrueco el 30-01-2009

Te escribiré una novela. Para convocar el presente.

El único modo de convocar nuestro presente, y que no se pierda, es resucitar el pasado. Si mediante la novela podía convocar el presente, después de dar una vuelta por el pasado, acaso ella advirtiera que la actualidad nos sumía en algo doloroso, distinto y más amargo de los tiempos en que estuvimos juntos.

Tendría elementos de comparación. Podría sopesar entre ese pasado y la naturaleza del futuro, observando con detenimiento el presente. Sólo ella era capaz de cambiarlo. Yo estaba a merced de sus decisiones.

Ene
29
Archivada en (Genera) por José Angel Barrueco el 29-01-2009

Debido a eso, escribir una novela para ella me instaba a no perder del todo las fuerzas. Eso, y resucitar el pasado.

La novela iba avanzando, entre flemas de tristeza y bocadillos de aire.

La pluma la sujetaba con los dedos muy fríos: había nevado en ellos y las uñas estaban heladas. Era septiembre, pero no tenía nada que ver con el clima en las calles.

Ene
28
Archivada en (Genera) por José Angel Barrueco el 28-01-2009

El mundo nos parecía enorme, pleno de posibilidades, e hicimos planes conjuntos como quien traza números en un papel armado de la lógica del compás y a veces del azar. Haremos esto. Bien, vale. Y haremos aquello. De acuerdo. Seres felices.

La quería entonces y la quiero ahora, pero no supe decírselo, pensé.

Por eso lo estaba escribiendo, para notificar que el tiempo no había sido en vano.

¿Qué quedaba de mí? Un parásito que se subía a los árboles, se emborrachaba con los deshechos y dejaba lágrimas en las esquinas.

Ene
27
Archivada en (Genera) por José Angel Barrueco el 27-01-2009

O esa escena, no asociada al sexo, en la que hicimos planes de futuro a la orilla de una playa. El viento nos alborotaba el pelo y era imposible bañarse. Saltábamos entre las piedras y los riscos buscando cangrejos y lapas, sólo por el placer de compartir.

Sus besos sabían a leyenda untada en sal, a sirena con perfume, a niña con olas en el iris, a promesas de océano y también a crepúsculo de mar. Las gaviotas cantaban para nosotros y yo aún desconocía esa misión sobre escribirle una novela.

Ene
26
Archivada en (Genera) por José Angel Barrueco el 26-01-2009

Creí en la metáfora, durante un segundo: los de abajo pertenecían a otro nivel, ése en el que sus inquilinos merecen poco; los de arriba éramos nosotros, a merced de un paraíso más cómodo. No se trataba de ninguna de esas divisiones entre ricos y pobres o entre tontos e inteligentes. Solamente me daba la impresión de formar parte del escaso grupo de los dioses, mientras el nutrido grupo del suelo también gozaba de amor, pero eran sentimientos y relaciones menos partidarias de lo eterno y de que la relación durase.

Los de abajo estaban juntos para joder. Nada más. No llegarían a nada.

También avivé en la memoria, otra vez, nuestras incursiones nocturnas en el ferrocarril de la ciudad, rodeados de piedras y de yonquis vagando como proscritos y leprosos.

Ene
23
Archivada en (Genera) por José Angel Barrueco el 23-01-2009

Se puede contar un día entero en un libro de mil páginas, o toda una vida en un cuento. Eso es lo que me hechiza de la literatura, su poder de síntesis y su traspaso del tiempo: lo vence, lo aniquila y juega una partida para despistarlo.

En el árbol hicimos de lo nuestro. Por lo visto, en aquel parque se consideraba delito tener una pareja y no fornicar. Lo veías en los insectos, en los perros, en los gatos, en todos los animales y en las personas.

Bien. El árbol. Nos convertimos en los frutos de verano, casi colgando de las ramas, con los pies balanceándose y yo cogiéndola de la cintura para que me clavara el pubis. La cogía y cogíamos, dicen los argentinos. No nos estampamos contra el suelo ni la pareja de abajo advirtió nuestros jadeos ahogados.

Ene
22
Archivada en (Genera) por José Angel Barrueco el 22-01-2009

Era un mal día. Pero avivar la memoria del pasado suele ser un ejercicio con ventajas e inconvenientes. Es dulce reconstruir lo que tuviste, y muy amargo recordar lo que has perdido. Admito la obviedad del enunciado, pero es el resumen de la vida, qué le vamos a hacer.

-¡Vergüenza debería darte, animal, ahí subido! ¿No tienes trabajo? Esta juventud…

Tenía veintinueve años, así que su comentario sobre la juventud me gustó. Aún podría ligar si ella jamás regresaba. Aunque no habría libros para otras desconocidas, supuse. Sólo para ella. Me faltaba terminar de escribirlo. Quedaban pocos folios por llenar.

Ene
21
Archivada en (Genera) por José Angel Barrueco el 21-01-2009

Por suerte, aquella noche llevaba una falda larga. Se la había puesto aposta, porque pensábamos ponerle a la tarde argumento de erotismo callejero o de bosque. Sacó de mi bolsillo una goma y me hizo ponérmela.

Y allá que fuimos.

Mientras recordaba esto y dudaba si ponerlo en el libro o no, a la mañana siguiente de haberme recuperado, con la resaca sobre los hombros y mal color de rostro, subí al árbol de un parque. Pero ya no era lo mismo. Y un tipo que pasaba por allí, probablemente en una pausa del trabajo para respirar café o beber oxígeno, me acusó de gamberro y dijo que fuera a mi casa a subirme al sofá. Siempre dicen eso.

Ene
20
Archivada en (Genera) por José Angel Barrueco el 20-01-2009

La oscuridad revelaba jadeos y una pareja de insectos sorbiéndose los sexos, creo, en mitad de una rama. Era el jardín del Edén con algo de proscrito y de pecado, y se olían las coyundas y se escuchaban las yemas de los dedos trabajando la caricia y la exploración. Dedos exploradores y caprichosos de saber. El cuerpo es una aventura. Sobre todo si es de otra. De una mujer, de la chica que te gusta.

Estuve a punto de caerme, y entonces ella se subió a horcajadas encima de mis muslos, y en el silencio se rompió alguna rama o crujieron las hojas, o al revés, supongo, pero los de abajo no se enteraron: él tenía los gemidos de su chica en el oído izquierdo y, ella, la saliva de su hombre en su oído izquierdo y en el valle mitológico del cuello.

Ene
19
Archivada en (Genera) por José Angel Barrueco el 19-01-2009

Al poco, rompió la quietud una pareja, y acompañaron sus amores bajo el árbol, al pie de nuestros pies nerviosos, que se balanceaban al hilo de la memoria despertada de la niñez, en esos tiempos en que uno se subía, chiquillo, a las ramas, para recopilar fruta y aventura.

Nos mantuvimos callados. No era plan de bajarse y rasgar el velo de caricias y arrullos temblorosos, clandestinos, que habían creado entre ambos.

-Bésame –susurró.

La besé. En los labios y en el cuello, en la frente y en la nariz, en las orejas y en el escote, en las manos y entre los dedos, en el pelo y en los pómulos.