-A menudo creo que el mundo no sabe lo que se pierde. Cada uno va a lo suyo, y los cimientos de la alegría se te desvanecen, tío, aunque tengas fe en ellos –contaba Rufo. Él siempre hablaba así, como si la vida fuera a acabarse dentro de unos minutos, como si el engaño del mundo no pudiera aliviarse ni con todos aquellos cuentos, cuadernos de bitácora y poemas escritos a diario y sin desfallecer, y que yo leía como un brebaje cuando nos encontrábamos–. Es difícil descubrir manos amigas que nos restablezcan la creencia en el alma del hombre, que no es pura, sino que, joder, está contaminada de intereses, rencores, envidias e infelicidades. Y eso me revienta.
-Te entiendo –le contesté. Pero apenas podía opinar porque estaba curándome de lo mío: la huida de mi novia, que me dejaba entregado a una región tenebrosa, melancólica y vacía.