Rufo creaba la mayoría de sus historias, deudoras de lo cotidiano y de las almas bondadosas de las personas, en cafés como aquel.
-Como quieras. ¿Puedo sentarme aquí?
-Estaba comenzando a escribir esa novela. Pero no importa. Siéntate.
-Sólo serán unos minutos.
Y mientras hablábamos como metralletas de esto y de aquello, de los versos que iluminaban como faros el rumbo de nuestras biografías, de las miradas de algunas mujeres, solapadas de descubrimientos y deseo, mientras dejábamos entre los dos cafés un muro de frases y toda una balística de recuerdos y salivazos, fui forjando en la cabeza lo que iba a escribir.