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Archivada en (Genera) por José Angel Barrueco el 22-10-2008

Rufo creaba la mayoría de sus historias, deudoras de lo cotidiano y de las almas bondadosas de las personas, en cafés como aquel.

-Como quieras. ¿Puedo sentarme aquí?

-Estaba comenzando a escribir esa novela. Pero no importa. Siéntate.

-Sólo serán unos minutos.

Y mientras hablábamos como metralletas de esto y de aquello, de los versos que iluminaban como faros el rumbo de nuestras biografías, de las miradas de algunas mujeres, solapadas de descubrimientos y deseo, mientras dejábamos entre los dos cafés un muro de frases y toda una balística de recuerdos y salivazos, fui forjando en la cabeza lo que iba a escribir.

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