Rufo Domínguez aseguraba, en el callejero de sus obsesiones, gustos y actividades diarias, que amaba, escribía, dibujaba, olía las calles por la mañana, disfrutando siempre del sabor y los recuerdos de cada cigarrillo y de cada taza de café, mientras en el camino de la vida gustaba de conversar siempre con la gente. Este retrato vital y emotivo no excluía la alabanza y el deleite por pequeños detalles cotidianos, como las palabras de ron de los cantautores, el alimento nostálgico de los kikos, la fotografía que versara sobre los detalles y rincones inesperados de nuestra existencia.
-¿Cómo te va, tío?
-Lo suyo sería quejarse –dije–, pero lo estoy reservando para una novela. En cuanto la tenga lista, sabrás de qué hablo.