Aquel amigo poeta, que llenaba tantos folios con su vida, o que vivía para llenar folios que la contuviesen, era una mezcla de filósofo y malandrín con dedos de mago cuando éstos sujetaban una pluma. A menudo creí que su pensamiento albergaba toda una marabunta de tipos tristes pugnando por salir y darle su merecido al mundo. Lo veía a veces tan cansado con la naturaleza humana que hubiera jurado que por las calles caminaba en un diván, que fumaba tabaco para que el humo desintoxicase su falta de esperanza, como si hubiera tapizado su corazón con lágrimas de ceniza que lloraba con las uñas, y éstas lo vertieran en el bolígrafo y de ahí llegaran al papel.
Es hora de escribir todas esas cosas que siempre habías pensado para sus oídos y que nunca te atreviste a decirle. Cosas que nunca te dije, igual que la película.
Rufo Domínguez estaba a punto de irse. Observé las cataratas de sus rizos, que le emboscaban parte del rostro y el cuello al completo. Observé el modo en que las cejas se arrumbaban sobre sus ojos al no encontrar apenas rasgos humanos en la mayoría de los humanos que conocía. Dijo:
-Todo me parece una basura. Por las mañanas, al despertarme, me asomo a la ventana y miro la calle. Entonces huelo el aire y adivino pan recién hecho. Y siempre conservo la esperanza, con el primer cigarrillo, de que habrá ahí fuera alguien hecho de otra pasta. Y a veces lo hay, pero me decepciona o no sé alcanzarlo.
-Deberías pensar menos en esos asuntos.
Iba pensando en la novela en cada pausa, y a veces hasta podía imaginar las frases aunque estuviésemos en plena conversación. Tengo la capacidad de atender a dos cosas sin perder de vista el rumbo de ninguna.
Te escribiré una novela. Porque me gustas cuando me miras con esos ojos tiernos, de párpados arrumbados por el peso del amor, y los entornas cuando mis labios se acercan a los tuyos. Me gustas cuando nos encontramos y se te ilumina la mirada en mil fragmentos de color y esperanza, y aprietas el paso para anticipar el abrazo, y agachas un poco el mentón y la cabeza como una niña que fuera a recibir un premio, sin saber que eres el verdadero premio. Me gustas cuando muestras una astrología encantadora de lunares que asoman en las caderas y en los brazos y entre los pechos, y voy rozando cada uno de ellos con un dedo como si fueran milagros en tu piel. Me gustas cuando se te abre la flor de la sonrisa si aparezco con un capricho o una chuchería y te relames de hambre o de gula, y te asoma la punta de la lengua entre los labios y estimulas mi risa y de pronto eres patosa y adorable y creo morir y romperme en mil pedazos. Y cada gota de sangre mía es tuya. (Hum, puede que suene algo cursi, pero a ella le gustará).
Estuvimos conversando un rato. Y era como si quisiéramos sepultar el mundo y la fragilidad de las personas y sus miserias con muchos litros de café y prosas dispersas en cuadernos. Porque el mundo, estaba claro, no lo íbamos a arreglar ninguno de los dos. Y a mí la pala de enterrador me pesaba tras la tarde previa, cuando con un “Creo que ya no te quiero” se me deshizo el nudo de la felicidad, y las vísceras de la alegría se me desparramaron por el escroto y el ano, y me cayeron en los zapatos con un tonelaje de hierro que me jodió los dedos de los pies e hizo que al estómago le faltase algo, como si me lo hubieran vaciado de repente y por dentro sólo resonaran las escobillas giratorias que vemos en los desiertos y en los pueblos abandonados.
Te escribiré una novela, pensaba yo en las pausas de ambos para beber un sorbo de otro café, o mirar el ballet de una chica caminando junto a las mesas. Lo haré con estos materiales, que son las propiedades escasas de quien anhela ser escritor. Papel, sentimiento, tinta, amor, odio, dolor, alegría, suspicacia, observación, experiencia e ironía. Agítese y, con suerte, saldrá una novela.
El Molly Malone’s presentaba decorados muy propios para escribir o enamorarse. Las paredes se veían plagadas de símbolos, adornos, cuadros y dibujos de la iconografía irlandesa. Queríamos ser Joyce. Y quizá acabemos engrosando el anonimato más triste, pensé.
-A menudo creo que el mundo no sabe lo que se pierde. Cada uno va a lo suyo, y los cimientos de la alegría se te desvanecen, tío, aunque tengas fe en ellos –contaba Rufo. Él siempre hablaba así, como si la vida fuera a acabarse dentro de unos minutos, como si el engaño del mundo no pudiera aliviarse ni con todos aquellos cuentos, cuadernos de bitácora y poemas escritos a diario y sin desfallecer, y que yo leía como un brebaje cuando nos encontrábamos–. Es difícil descubrir manos amigas que nos restablezcan la creencia en el alma del hombre, que no es pura, sino que, joder, está contaminada de intereses, rencores, envidias e infelicidades. Y eso me revienta.
-Te entiendo –le contesté. Pero apenas podía opinar porque estaba curándome de lo mío: la huida de mi novia, que me dejaba entregado a una región tenebrosa, melancólica y vacía.
Porque estaba decidido a inventar un libro que ella quisiese leer, y creía que sólo el arranque (“Te escribiré una novela”) bastaba como un anzuelo para que resurgiese el reverso del odio y ella se inmiscuyera en mi mundo de letras e historias de ficción, para que hiciésemos el amor tras leer en la cama a los mismos autores, y las sábanas se ensuciaran de tinta, y de letras perdidas, y de personajes que encontraríamos en la almohada antes de invitarlos a salir y rogarles que sucumbiesen a la espera de nuestro encuentro sexual y primitivo.
Así, entrando ella en mi mundo, pensaba reconquistarla, y que juntos creásemos lazos de novela y de cuento en el regazo del otro, ambos enamorados del silencio y la prosa, de la risa y el verso, de la luna y el enigma.
Rufo creaba la mayoría de sus historias, deudoras de lo cotidiano y de las almas bondadosas de las personas, en cafés como aquel.
-Como quieras. ¿Puedo sentarme aquí?
-Estaba comenzando a escribir esa novela. Pero no importa. Siéntate.
-Sólo serán unos minutos.
Y mientras hablábamos como metralletas de esto y de aquello, de los versos que iluminaban como faros el rumbo de nuestras biografías, de las miradas de algunas mujeres, solapadas de descubrimientos y deseo, mientras dejábamos entre los dos cafés un muro de frases y toda una balística de recuerdos y salivazos, fui forjando en la cabeza lo que iba a escribir.
Rufo Domínguez aseguraba, en el callejero de sus obsesiones, gustos y actividades diarias, que amaba, escribía, dibujaba, olía las calles por la mañana, disfrutando siempre del sabor y los recuerdos de cada cigarrillo y de cada taza de café, mientras en el camino de la vida gustaba de conversar siempre con la gente. Este retrato vital y emotivo no excluía la alabanza y el deleite por pequeños detalles cotidianos, como las palabras de ron de los cantautores, el alimento nostálgico de los kikos, la fotografía que versara sobre los detalles y rincones inesperados de nuestra existencia.
-¿Cómo te va, tío?
-Lo suyo sería quejarse –dije–, pero lo estoy reservando para una novela. En cuanto la tenga lista, sabrás de qué hablo.
Sé de sobra que el Molly Malone’s no era, en sentido propio, un café, sino una cervecería. Pero servían café, y las mesas y los veladores daban la impresión de que podría pasearse, en cualquier momento y cuando estuviéramos desprevenidos, el fantasma de la bohemia.
Por allí afilaba sus soledades, sus bolígrafos, sus cuitas, sus triunfos y fracasos amatorios, sus perfiles de poeta y escritor temprano, maduro y autobiográfico, Rufo Domínguez.
Lo conocía desde hace tiempo, éramos amigos. Rufo Domínguez, empeñado en forjarse una leyenda de maldito a quien sólo le importa escribir, hacer su obra con dignidad, sin demasiado interés por todo cuanto concierne a la publicación, solía trazar un retrato de sí mismo, que será más copioso y rico o mejor escrito que cuantos yo pudiera escribir sobre él.