Archivada en (
Genera) por José Angel Barrueco el 29-04-2009
No importa, me dije, observando cómo se extinguían las palabras del título que Mireia no pudo descifrar desde el banco, ese título consumiéndose para siempre. El aire olía a literatura en llamas, a tinta eterna.
No importa. Escribiré otra para Mireia. Si he escrito una novela, podré escribir otras muchas.
Sonreí con abandono.
Nos abrazamos bajo el cielo y la noche.
En mis dedos comenzaba a despertar el sol.
FIN
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Genera) por José Angel Barrueco el 28-04-2009
El destino me había enviado deudas y dos demonios para que destruyesen mi novela justo al acabar su redacción, justo cuando ella iba a recibirla. La fatalidad me puso en deuda con Lombardo para llegar a ese momento. Eran señales que presagiaban la destrucción definitiva del libro. Puede que para hacerme fuerte de una maldita vez.
Quizá fuese aquel el sacrificio exigido por el cielo. Aprender a desplegar los sentimientos. Terminar por fin una novela y no rechazarla, ni arrojarla a la basura. Un proceso de abandono, un proceso errático, un proceso para adquirir madurez y empezar desde el principio en todos los ámbitos de mi vida: la escritura, el amor, el trabajo.
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Genera) por José Angel Barrueco el 27-04-2009
Desde el cielo me quitaban la vida y luego me la daban. Una novela terminada a cambio de ella. O la novela o la chica. Bien, vale, acepto el canje. Espero que os aproveche su lectura, dioses cabrones, me dije. A su antojo, era la marioneta del fracaso. Lo había leído en el cuento de algún escritor.
Observé, allí sentado, mientras me restañaba la sal de las heridas, que las palabras no siempre salvan las situaciones. Había escrito con arrebato de loco unas páginas que nadie iba a leer nunca, excepto, siendo muy optimista, las criaturas que habitaban más allá de nosotros. Todo para nada.
Archivada en (
Genera) por José Angel Barrueco el 24-04-2009
-¿No tenías copias?
-No, ya sé que fue un error, pero la he escrito estos días. A mano. No he tenido tiempo de pasarla a limpio. De hecho, la acabé hace un rato. Y era para ti.
-¿Para mí?
Se le agrandaron los ojos y quise meterme dentro, perder mis piernas y mis brazos en esa sinuosidad de colores, en ese baile de reflejos, ardores y engaños, donde mi angustia se calmase y mi cuerpo se relajara.
-Sí, para ti.
-No importa. Escribirás otras novelas. He venido porque quería decirte que podemos intentarlo. Te eché de menos.
Archivada en (
Genera) por José Angel Barrueco el 23-04-2009
-¿Qué eran esos papeles?
-Nada, una novela.
-¿Una novela? ¿Otra? ¿La has quemado tú?
Abrió mucho los ojos. Entraba y salía de ellos una galaxia entera de luz. Creo que iluminaron mi cara en la noche, que dejaba caer su regazo sobre nosotros.
-Otra, sí. La han quemado ellos. Por eso estaba furioso.
-Has quemado unas cuantas.
-Sí –le dije, intentando envalentonarme, luchando por hallar la frase exacta–. Pero ésta era diferente, la había terminado.
Archivada en (
Genera) por José Angel Barrueco el 22-04-2009
Lo dijo como si le doliese. Es curioso, pensé, estar solo disfraza el tiempo; perder a un ser amado detiene las horas, alarga los días e intensifica las noches y los insomnios.
Tres días. ¿Cómo había hecho tantas cosas en tres días? Supongo que en un estado casi mágico de sonambulismo, de inconsciencia. Me habían roto el corazón y las muelas, me había emborrachado varias veces, recorrido la ciudad, conversado con amigos y desconocidos y escrito una novela convertida ya en cenizas, devorada por el fuego sin piedad. Ese tiempo sigue siendo confuso. Quizá mezclé los acontecimientos de otras soledades en mi cabeza, o me mantuve en un estado catatónico, o la conmoción del abandono hizo que el tiempo me pareciese infinito, lento, soporífero.
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Genera) por José Angel Barrueco el 21-04-2009
La tierra giraba con menos amargura. Eso creí. Yo había dejado de temblar. Sonrió lo justo para fomentar una brizna de felicidad en mi estómago.
-Qué curioso. Un conocido a quien vi hace una semana me dijo antes que sólo habían transcurrido tres días desde nuestro último encuentro.
-Llevamos tres días sin vernos.
-¿Tres? ¿Ninguno más?
-Sí, tres. ¿Te encuentras bien?
-Mierda, pensaba que me habías dejado hace una semana.
-No…
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Genera) por José Angel Barrueco el 20-04-2009
Le expliqué por encima y entre balbuceos que eran unos gamberros, mientras me limpiaba la boca y los nudillos de sangre propia y ajena. Unos enemigos de la infancia que regresaban del ejército con un permiso. Me habían encontrado en su camino y eso era todo.
-No puedo dejarte solo –dijo ella–. Llevamos tres días sin vernos y ya te metes en líos.
-¿Tres días?
-Sí –respondió.
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Genera) por José Angel Barrueco el 19-04-2009
Me convertí, no sé cómo, en un Bruce Lee menos ágil, algo más torpe y sin técnica.
Karate a muerte en un parque.
A ambos nos gustó Bruce Lee desde la niñez, y soy consciente de que hice el ridículo, al convertirme en un huracán de manotazos, patadas, vuelos, golpes, puntapiés, llaves y gritos. Luego ella me diría que estaba patético y veloz, pero les di una lección.
Salieron de allí en fila india, en un torbellino de polvo, brazos y piernas y sangre derramada. Con la pinta de algún regimiento vencido de la caballería, huyendo de los apaches.
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Genera) por José Angel Barrueco el 18-04-2009
Me levanté igual que un dios, impelido por esas energías que acometieron por todos los poros de su cuerpo a mi abuelo cuando luchó contra Gigantón, diestro en el manejo del sable, del fusil, de los puños, de la maza y de lo que fuese. Mi abuelo pensó en mi abuela porque ella no le faltaba y le dio el brebaje necesario para el combate. Y no quería perderla.
Como perder las páginas de la novela alumbradas por las llamas podría significar que ella renunciase definitivamente a mí, o que jamás supiera cuánto la amaba, pensé en resolver el asunto a base de hostias, a la antigua usanza. No serviría de nada, pero no necesitaba ser visto en el suelo, medio en llamas y en lágrimas y con el rostro embadurnado de cenizas.